jueves, 11 de diciembre de 2014

Historias de Micieces de Ojeda: REMEDIOS CASEROS (I). "...que un día os vais a matar..."



REMEDIOS CASEROS (I)

(JRL)

In illo tempore… En aquellos tiempos de nuestra infancia, adolescencia y juventud… Cuando a las novísimas generaciones, las de los nietos,  o quizá biznietos, de los que entonces fuimos niños,  se les habla de nuestros tiempos pasados les debe parecer que estamos hablando de otros mundos… Pero es que cuando éramos niños y nos hablaban de los tiempos pasados, también a nosotros nos parecía que los abuelos, o los padres, venían de otros mundos lejanos… Claro que hoy las ciencias han avanzado que es una barbaridad… o más.
Pues bien. Por aquel entonces yo creo que  había una botica en Prádanos. Estoy seguro que también en Herrera la habría. Y seguramente también en Alar. Pero posiblemente a estas últimas ya se las llamase farmacias. Yo hago referencia a los años a partir de los años 50 (de 1950, como han supuesto muy bien los de aquella época). Y voy a recordar en este escrito, a partir de aquellas fechas hasta… cuando sea, unas cuantas anécdotas y ocurridos relacionados de algún modo con la medicina casera.


Por aquel entonces no se acudía mucho ni a la botica ni a las farmacias… Y no era porque no se necesitase, sino más bien porque no había medios como para permitirse el lujo de comprar medicinas. Los remedios caseros eran lo usual. Y si no se curaba el dolor, la mayoría de las veces había que conformarse con el “ajo y agua…” consabidos del refrán.

Pero los antiguos tenían para todos los males, o por lo menos para los más repetidos, remedios sacados de la medicina natural, es decir, de las plantas, raíces, hojas, animales…  Y esto venía de generación en generación, de padres a hijos, a nietos, a… Y no dejaba de haber un poco de brujería en todo esto. O quizá de magia.

Desde siempre he creído en el ángel de la guarda. Y más desde que fui maestro. Pero pienso que en los pueblos tenía un trabajo extraordinario con los niños, y con los mayores. Para las condiciones de seguridad que se daban en los trabajos de cada día, no había tantos accidentes como pudiera pensarse. Y en cuanto a los niños, con las aventuras que corríamos por libre, que todo el pueblo era nuestro, y todo el río, y todo el monte, y todos los árboles…, la verdad es que no había tantos accidentes como se pudiera suponer. El ángel de la guarda alguna vez tendría que descansar, o dormir, digo yo, y entonces cualquier desgracia en forma de caída, herida, rotura, descalabro… te venía encima. Aquella vez seguro que estaba jugando con nosotros, pero en el lado equivocado y la piedra, no pequeña, que tiró un compañero desde arriba del puente fue a parar a mi cabeza. Así que a casa, descalabrado y sangrando como un cochino, llorando y con más miedo de lo que te iban a decir en casa que de lo que realmente te dolía. Pero te lavaban, bien lavado, te echaban vinagre y sal, o qué sé yo qué, te vendaban y… estate quieto un rato, que no paráis y un día os vais a matar

Otro día se nos ocurría jugar entre las vigas, maderos y piedras de una casa vieja que habían tirado y cuyos restos habían sacado a los prados. Y lo lógico: un clavo de la madera te atravesaba el pie y te lo dejaba como el de un cristo crucificado. Pues a casa: a lavarlo, echarle vinagre y no sé qué más, vendarlo y… estate quieto, que cualquier día os matáis¿Y la antitetánica? ¿Y… eso qué es? Uno se autovacunaba de todo automáticamente o… no llegaba a la próxima aventura.

Otro, ibas a jugar a la corte de algún amigo, a subir a los pajares, aunque solo fuera por ver cómo eran, o saltar entre los arados y te caías, te rompías la nariz, sangrabas todo lo que había que sangrar, te lavaban, te ponían el brazo en alto, te… y ya pararía de sangrar, aunque la cicatriz la conservases ya por siempre como mérito de tus guerras infantiles.


Recuerdo una vez que había un montón de arena en la calle, junto a la pared de la cantina. Seguro que estarían arreglando alguna casa o la calle misma… Poco a poco el montón de arena dejaba de ser montón: los niños, como todos los niños que he conocido, disfrutábamos jugando en la arena. Pues allí mismo empezamos a jugar a eso de saltar unos por encima de los otros y cada vez la fila a saltar era mayor… Tantas ganas de saltar la fila entera tenía y tanta fuerza cogí, que sí, los salté, pero algo falló y, saltada la fila, fui a dar con todo mi cuerpo en la arena, con el agravante de que lo que primero llegó al suelo fue la cara. Total, todo el moflete derecho, carrillo, oreja y no sé cuanto más apareció raspado con la arena, pelado y sangrante… No sé si dolía o no, supongo que sí, pero lo que de verdad me dolía era que tenía que ir a casa a curarme y que el domingo próximo tenía que hacer la primera comunión… Llegué a casa hecho un eccehomo. Y la madre… pues, eso, lo de siempre, que un día os matáis, que no te puedes estar quieto, que ahora a hacer la primera comunión con esa cara…, pero a curar al herido que era lo primero… Y la primera comunión, con la cara marcada del raspón de la arena. Menos mal que no había fotos, aunque hubiera sido una foto bien bonita.







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