jueves, 2 de enero de 2014

Fuentes de Micieces de Ojeda: SAN ANDRÉS


FUENTE DE SAN ANDRÉS
(José Luis Rodríguez I.)

La fuente de San Andrés, en Micieces, está situada cerca del pueblo, actualmente en el ángulo que forman el camino de los huertos y el ramal de carretera que cruza a la de Payo desde el puente del río. La zona se conoce con el topónimo de San Andrés.

Siempre se ha dicho que esta fuente tomaba su nombre del antiguo poblado o caserío que, dicen, hubo en sus inmediaciones, (Historia de Micieces: de tres pueblos, uno) en lo que hoy son tierras y linares de cultivo. San Andrés era un apóstol muy admirado por ser el hermano de Pedro y ser de los primeros en seguir a Jesús. De hecho son muchas las advocaciones del santo que existen por la región. Y, seguro, esta de Micieces no tiene nada que ver con la del cercano monasterio del mismo nombre.

Visto el terreno, parece lógico por dónde ha buscado el agua salir al exterior. Todas las tierras que están por encima de la cota de la fuente son arenosas y de cascajo, tierras sueltas, hasta la profundidad normal de cultivo, aunque no igual por todos los sitios. Y el subsuelo es arcilloso. Lo lógico es que toda el agua que se filtra por este tipo de tierra y no puede traspasar la arcilla vaya buscando salidas más bajas y fáciles: y cada venero se transforma en un manantial. La fuente de San Andrés es testimonio de este hecho.

Es curioso, quizá lamentable, cómo ha ido cambiando la fisonomía de esta fuente  a lo largo de los años en que yo la he conocido.

Mi recuerdo más antiguo es de cuando yo era niño. No había entonces ese camino a los huertos y a la ermita de San Lorenzo, sino una camera semitapada por la vegetación, los hiebajos, el barro y las roderas de toda la vida; una lindera grande, unos álamos, zarzas sin número, un sendero y un calce. Sí estaba el camino que une el puente con la carretera de Payo, y no era carretera ni estaba encementado.  Y la fuente estaba protegida por un seto natural de arbolado y zarzas al lado contrario al camino y por una lindera alta al norte, que daba remanso, y tenía una pequeña pradera donde sentarse al frescor de su agua.

Y era simplemente un manantial, recogido y señalado con un semicírculo de piedras rodadas, un poco ahondado para poder llenar las botellas, botijas o botijos. Y el agua se iba hacia abajo para formar, ahí mismo, una charca que lo retenía mediante unas paredes de césped, piedras y maderos. Creo que parte de la charca era también manantial. De hecho toda la zona de alrededor era bastante húmeda, hasta tal punto que a la tierra vecina, la de abajo, separada de la charca por una lindera de tierra y un seto natural de zarzas y árboles, se la llamaba con un nombre definitorio y muy descriptivo: el aguachinal.

Pues a esta charca o laguna formada por las aguas de la fuente de San Andrés se traían a beber los animales que trillaban en las eras vecinas. Y las personas bebían y rellenaban sus vasijas en lo que era la fuente. Pero tenía un leve inconveniente en el verano: estaba situada al sur, más o menos, de las eras; el cierzo, aire del norte, prácticamente salía todas las tardes y se le solía aprovechar para beldar. Con harta frecuencia, pues, la fuente y su laguna o charca se llenaban del tamo y polvo de la paja. Si querías beber o llenar tu botija, tenías que limpiar la superficie del agua, pero siempre entraba algo… Paja que no ahoga, todo engorda, era el refrán que se repetía en estos casos.

No era muy agradable meterse en la charca porque su fondo era de barro y no había mucha seguridad de dónde se pisaba. Alguna vez sí que nos metimos. En verano estaba más o menos limpia, pero el resto del año criaba muchos berros, rumiajos y todo tipo de hierbajos propios de humedales. Y en su época, ranas. 


Pasó el tiempo. En una de aquellas huebras generales de los vecinos del pueblo le tocó a la fuente de San Andrés el ser urbanizada. Con toda la buena voluntad del mundo y con la idea de recoger bien los mejores manantiales y sus veneros, se la movió un poco de sitio, se la ahondó, quedó como si fuera un pozo pequeño, se le pusieron piedras bien colocadas que la protegieran  y diesen una salida casi bonita al agua. En fin, que la idea era muy buena, la realización externa también…, pero el agua subterránea tiene vida por sí misma: no pasó mucho tiempo y aparecieron fuera de lo que se quiso que funcionase como fuente, más manantiales que dentro. Y aún así, seguía dando agua y no mala.

Pasó más tiempo, llegó la vida moderna, los adelantos de la agricultura… El verano cambió a marchas forzadas, el trillar tradicional evolucionó hacia otras formas modernas, las eras fueron desapareciendo… Y, en general, toda la vida de la gente iba cambiando. Y llegó el no-va-más, por ahora: la concentración parcelaria. Y esto sí que revolucionó el campo tal y como lo conocíamos antes. Los  ingenieros, técnicos, agrimensores… solían trabajar sobre planos de papel y en no pocas ocasiones hacían que la realidad se pareciese a sus planos, o simplemente los planos eran para ellos la verdadera realidad. ¡Y el campo cambió totalmente su fisonomía! ¡Si hasta a los más viejos del lugar les parecía extraño su campo de toda la vida…!

La fuente de San Andrés era un estorbo, y, total, por correrla un poco, no se iba a hundir el pueblo. Y se corrió. Se la hizo un buen arroyo, eso sí, de desagüe hasta el río, y se la metió en él. La laguna o charca desapareció; lo setos vivos, también; la lindera quedaba como cuneta alta de un camino que llegaría hasta empalmar con otro a la vera de la ermita de San Lorenzo, por debajo de algunos huertos que resistían. Todos los manantiales que había en el alrededor, desparecieron; al aguachinal quedó saneado y más grande porque se perdieron setos y linderas. Pero la fuente, ¿y qué importaba ya la fuente si la gente tenía agua en las casas? En una orilla del arroyo quedaba bien y así vertía sus aguas, las que le quedaran, en el mismo arroyo. Para colmo la acequia de arriba, de cemento, alguna vez se desborda y su agua encontraba salida en el arroyo dicho, pasando por delante de lo que es fuente y mezclando sus aguas con las de ella. Menos mal que unas manos curiosas, y mañosas, han puesto unas piedras y han cavado un poco la orilla del arroyo donde está el manantial y, gracias a ello, se ve la salida del agua limpia y hasta se puede beber allí mismo a... estilo pueblo.

San Andrés ya no es lo que fue. Pero a los que ya hemos cumplido muchos años nos gusta recordar las cosas pasadas y seguramente olvidamos lo malo y nos vienen a la mente, con un dejo de nostalgia, solo los buenos recuerdos. Y los que fuimos niños entonces y subíamos a los árboles del aguachinal, o nos metíamos en aquella charca, con cierto miedo, o comíamos moras de aquellos setos, seguimos teniendo recuerdos agradables de aquella época y de lo que vivimos. Y el agua de San Andrés, sin ser milagrosa ni medicinal, llevaba el nombre de un santo importante, que no era poco, y con él, algo así como su bendición…
(Aguachinal, rumiajos...: ver Vocabulario de Micieces.)


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